Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

A lo largo de la Historia encontramos numerosas mujeres que quedaron ensombrecidas por la acción de algún personaje masculino que les arrebató el protagonismo que merecían, pero en el caso que nos ocupa fue otra mujer la principal responsable de que su figura quedara en un segundo plano, aunque, en realidad, nuestra protagonista fue víctima de un desdichado conjunto de circunstancias que, en su mayor parte, fueron propiciadas por hombres.

Quizás el nombre de Juana de Trastámara no resulte muy elocuente para muchos lectores, incluso podría inducir a error, pero si utilizamos el sobrenombre de “La Beltraneja” es posible que muchos puedan enmarcarla mejor. El nacimiento de Juana un 28 de febrero de 1462 fue motivo de júbilo en la corte castellana, pero pronto esta alegría se transformó en preocupación. Se estaba jugando en Castilla una trascendental partida de ajedrez entre una parte importante de la nobleza y Enrique IV, y en este juego Juana era un simple peón. Aunque pocos días después de su nacimiento fue proclamada heredera del reino, algunos personajes empezaron a intrigar contra el rey y su hija. Entre ellos destacó el marqués de Villena, que, empeñado en desacreditar al rey y a su heredera, difundió dudas sobre la paternidad de Enrique IV, señalando que el valido del monarca, Beltrán de la Cueva, era realmente el padre de Juana, de ahí que fuese conocida como “La Beltraneja”. Aunque era conocida la dificultad del rey para mantener relaciones sexuales (de hecho su primer matrimonio fue declarado nulo al no haber podido consumarlo) no hay datos que permitan confirmar que Enrique IV no fuese realmente el padre de Juana.

Fuese cierto o no, la campaña del marqués de Villena para debilitar al rey tuvo éxito al lograr que Enrique IV nombrara heredero a su hermanastro, el infante don Alfonso, aunque con la condición de que se casara con su hija Juana. Pero los nobles contrarios al monarca no se conformaron con esta decisión y proclamaron rey al infante don Alfonso, hecho que provocaría una guerra civil, que no acabó con una victoria clara de ninguno de los bandos y por ello Enrique intentó mantener una vía de negociación, sobre todo tras la muerte de su hermanastro Alfonso, hecho que podría haber beneficiado a la princesa Juana, pero la nobleza organizada en torno al marqués de Villena propuso nombrar reina a la infanta doña Isabel, hermana de don Alfonso y hermanastra de Enrique IV.
Isabel actuará con astucia y no aceptará el trono, pero exigió al rey que la nombrara heredera. En septiembre de 1468, en el Tratado de los Toros de Guisando se declaraba heredera legítima a Isabel con la condición de que el matrimonio de la futura reina contase con la autorización de Enrique IV. De este modo, Juana volvía a padecer la cobardía de su padre y, víctima de intereses ajenos, perdía todos sus derechos al trono, que pasaban a su tía y madrina. Parecía que la estrategia del marqués de Villena daba sus frutos, pero este personaje no era consciente de que Isabel no estaba dispuesta a dejarse manejar, como puso de manifiesto al incumplir lo acordado en Guisando al casarse en 1469 con Fernando, heredero de la corona aragonesa, sin solicitar permiso a Enrique IV.

La firme voluntad mostrada por Isabel con su matrimonio hizo que nobles como el marqués de Villena, temiendo ver debilitados sus privilegios, decidieran cambiar de postura, pasando a defender que la legítima heredera era Juana, la cual observaría con asombro y amargura cómo volvía a ser una simple moneda de cambio. Poco después de fallecer Enrique IV en diciembre de 1474, Isabel se hace proclamar reina de Castilla en Segovia, pero la oposición de los partidarios de su sobrina dará lugar a una nueva guerra civil. Se decide que Juana, a pesar de tener 13 años, contraiga matrimonio con su tío Alfonso V de Portugal, que será su principal apoyo en esta contienda. Juana es llevada a Portugal, pero antes de cruzar la frontera leerá un manifiesto en Plasencia en el que defenderá su legitimidad y acusará a sus enemigos de haber envenenado a su padre.

La guerra acabará en 1479 con la victoria de Isabel, quien, al imponer las condiciones de la paz, acordará el futuro matrimonio entre su hijo Juan, que contaba con tan solo un año de edad, y su sobrina Juana, la cual debería permanecer en Portugal hasta que se produjese este enlace. En el caso de que su sobrina no aceptase el acuerdo debería hacerse monja y no podría casarse ni tener hijos. De este modo, Juana a sus 17 años asistiría a una nueva humillación, pero su orgullo le hizo renunciar a la envenenada propuesta matrimonial ofrecida por su tía y por ello decidió en 1480 profesar como monja clarisa en Coimbra. Algunos años después los monarcas portugueses le cedieron el castillo de San Jorge a las afueras de Lisboa, donde viviría hasta su muerte en 1530. Todos los documentos que escribió hasta su fallecimiento llevaban la firma Yo la reina.