
Carlos Caballero / Arqueólogo
Colegio Profesional de Arqueología de Madrid
Hay una canción que habla de “las flores que crecen entre la basura”, frase que define perfectamente el origen del Parque del Oeste de Madrid, un jardín crecido a partir de 1898, respondiendo a un concepto nuevo que relacionaba naturaleza y sociedad.
Se construyó al terminar la urbanización del Barrio de Argüelles, cuyas obras habían generado una enorme escombrera formada en la Cuesta de Areneros (hoy, Marqués de Urquijo), para suavizar el desnivel existente entre el Paseo de Rosales y el río Manzanares. Nació como un parque diferente a todos, regido por los principios del higienismo y la salubridad, imperantes en esos años finales del siglo XIX. El jardín es hijo de la industrialización, cuando, en contrapartida, surge la necesidad de crear espacios saludables: es así cómo la ciudad industrial necesitaba al Parque para su supervivencia, pero el Parque necesitaba a la ciudad industrial para poder nacer. Este higienismo inspirador atribuyó al Parque del Oeste la insólita capacidad de curar, y por eso, en un primer momento, se eligieron especies perennifolias como eucaliptos o coníferas, a las que se añadieron después acacias, aligustres, hayas, tilos y laureles.
Esta vez no se trataba de hacer un jardín donde siempre hubiera habido un erial: a principios del siglo XIX la zona era un jardín dentro de la Real Posesión de La Florida, pero le tocó vivir los desastres de la guerra de la Independencia, que tuvo allí uno de sus principales escenarios, los fusilamientos del 3 de mayo, inolvidables por la foto fija que Goya nos legó pintada al óleo, y cuyas víctimas descansan en un diminuto cementerio recoleto junto al Parque.

Izq.: El Arroyo de la Fuente de la Teja (Fotos: Carlos Caballero). Centro: Monumento a Elena Fortún. Dcha.: Monumento al Maestro Quiroga.
En un principio, el Parque siguió el estilo paisajista, nacido como contraposición a la rígida arquitectura precedente, en la que el arte dominaba a la naturaleza. Ahora, como revulsivo, el paisajismo considera a la naturaleza como la perfección y le concede la libertad de poder desarrollarse.
El diseño original, de Cecilio Rodrigáñez, sigue al paisajismo inglés, imitando la naturaleza, pero siempre con un factor sorpresa, un arroyo, lagos, puentes, cascadas, casitas rústicas, que reflejan la moda de la época, sin perder el sentido lúdico del parque, con caminos curvos adaptados al curso del arroyo, fuertes desniveles, praderas y bosquetes de arbolado. La topografía favorecía las vistas espectaculares, algo que recordaba al jardín parisino de Buttes-Chaumont, construido unos años antes sobre una vieja cantera abandonada, y que resultó ser un referente para el Parque del Oeste madrileño.
En 1901 el parque alcanza su mayor desarrollo, desde la avenida de Séneca hasta el arroyo de San Bernardino y, en 1906, llega hasta la montaña del Príncipe Pío. Después, la guerra civil paralizó todo. El Parque quedó atrapado en el frente entre los bandos contendientes, se destruyeron monumentos, se arruinó su estudiado trazado y se devastó la vegetación. De ese momento convulso subsisten, silenciosos y en excepcional estado de conservación, tres fortines pertenecientes a una posición avanzada del ejército sublevado.

Sobre estas líneas, uno de los fortines de la guerra civil conservados y ‘Arcos en el espacio’, de Enrique Salamanca (1990) (Fotos: Carlos Caballero).
Pasada la guerra, el jardín creció hacia La Rosaleda, diseñada por Ramón Ortiz, incorporando también los edificios de la Escuela de Cerámica, heredera de la antigua Fábrica de la Moncloa y, más tarde, el entorno del Templo de Debod, sobre el solar del Cuartel de la Montaña.
Entre los valores que ofrece hoy el Parque del Oeste destacan su función social, como lugar de encuentro, y cultural: el recinto acoge estatuas y monumentos que recuerdan hitos y personajes históricos (la Infanta Isabel de Borbón; el Cuartel de la Montaña o el homenaje a Juan de Villanueva, en una esbelta fuente obra de Víctor d’Ors), rememoran a personajes de la cultura (Miguel Hernández, Goya, Elena Fortún o el Maestro Quiroga), o acogen muestras de arte contemporáneo. Cuenta, además, con un sencillo observatorio de aves, algo excepcional en Madrid. Son esos valores los que han llevado a la reciente declaración del Parque como Bien de Interés Cultural en la categoría de Jardín Histórico, un merecido premio para ese jardín más que centenario que creció sobre una escombrera.