Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

Mariana vino al mundo en Granada el 1 de septiembre de 1804. Las circunstancias en las que se produjo su nacimiento no parecían las más propicias para una recién nacida. Su padre, Mariano de Pineda, era capitán de navío y pertenecía a una familia bien posicionada socialmente. Su madre, María de los Dolores Muñoz, procedía de una humilde familia de la localidad cordobesa de Lucena. Las notables diferencias sociales de sus progenitores les llevaron a mantener su relación en secreto, por lo que no llegaron a contraer matrimonio y, de hecho, vivían en domicilios diferentes. Su padre murió cuando Mariana contaba con tan solo un año de vida, pero poco antes de fallecer encargó a su hermano José la tutela de su hija, que ejerció poco tiempo, pues cuando unos meses después contrajo matrimonio entregó a la niña a José de Mesa y a Úrsula de la Presa, que pasarían a convertirse en sus padres adoptivos. De este modo, aunque los primeros años de vida de Mariana pudieron estar marcados por ciertas carencias afectivas, al menos pudo vivir los años de su infancia sin dificultades económicas (José y Úrsula regentaban un negocio de confitería), lo que le posibilitó acceder a una adecuada formación.

Mariana pronto destacó por su agudeza intelectual y por su belleza, dotes que no pasaron desapercibidas para Manuel de Peralta, un militar liberal, que no gozaba de muy buena salud, con quien se casaría Mariana en 1819, pues, a pesar de ser once años más joven que él, compartían un profundo amor y su compromiso por las ideas liberales. Fruto de este matrimonio nacieron dos hijos, José María y Úrsula, pero al enviudar Mariana con tan solo 18 años tuvo que asumir en solitario su crianza, lo cual no le hizo desistir de su lucha por la implantación del liberalismo en nuestro país. En 1820 el alzamiento del coronel Riego en Cabezas de San Juan obligó al rey Fernando VII a jurar la Constitución aprobada en las Cortes de Cádiz en 1812, iniciándose así el denominado Trienio Liberal, primera experiencia constitucional de España que tan solo duraría tres años pues, a pesar del juramento dado, las profundas convicciones absolutistas del rey le llevaron a promover, desde el primer momento, conspiraciones para hacer fracasar el régimen liberal y facilitar su reinstauración como monarca absoluto, lo que lograría en 1823 con el apoyo de las potencias absolutistas europeas (Santa Alianza), que promovieron la llegada a nuestro país de los denominados “Cien Mil Hijos de San Luis”.

Cuando Fernando VII recuperó el poder absoluto inició una feroz persecución contra todos aquellos que defendían las ideas liberales, lo que dio lugar a una etapa conocida como “Década Ominosa”, caracterizada por la dura represión política y en la que la figura de Mariana empezó a cobrar un mayor protagonismo al involucrase con más convicción en la defensa del liberalismo, trabajando desde la clandestinidad hasta llegar a crear una red de contactos, gracias a los cuales pudo ocultar a muchos liberales perseguidos, que, de este modo, pudieron burlar la acción policial. A pesar de las lógicas precauciones adoptadas, el compromiso político de nuestra protagonista no pasó desapercibido para las autoridades absolutistas de Granada, que establecieron una estrecha vigilancia sobre ella. Mariana era consciente del control al que estaba siendo sometida, pero ello no le impidió seguir desarrollando actividades clandestinas, como la que posibilitó la huida a Gibraltar de varios liberales granadinos. Esta acción fue descubierta en 1826 por las autoridades gracias a la información ofrecida por un traidor, lo que provocó el arresto de Mariana, que sería juzgada en 1827, aunque resultaría absuelta al no lograr el tribunal acreditar su participación en esta conspiración constitucionalista.

Izq.: Cuadro de Juan Antonio Vera Calvo, de 1862, que muestra a Mariana Pineda en capilla antes de ser llevada al cadalso. Centro: Monumento a Mariana Pineda en la plaza que lleva su nombre
en la ciudad de Granada. Dcha.: Retrato del rey Fernando VII, que pasó de ser “el rey deseado” a “el rey felón”.

El juicio al que fue sometida no hizo mella en el compromiso de Mariana en la defensa de la libertad, al contrario, parece que le ayudó a consolidar aún más sus convicciones y buena muestra de ello fue la ayuda que en 1828 prestó a un primo de su padre, el general Álvarez de Sotomayor, reconocido liberal que había sido condenado a muerte por su participación en el pronunciamiento de Riego y que, gracias a la intervención de Mariana, puedo escapar de la cárcel y huir a Gibraltar.

Las sospechas de las autoridades en torno a la actividad clandestina de Mariana eran crecientes, pero necesitaban encontrar algún hecho indiscutible que permitiera acusarla como conspiradora liberal sin ningún género de dudas. La oportunidad llegaría en 1831 cuando Mariana encargó un estandarte en el que aparecería bordado el lema “Libertad, Igualdad y Ley”, que sería el emblema de una revuelta liberal que se estaba preparando. Parece ser que alguien delató a Mariana por este encargo, aunque también hay quien sostiene la versión de que, en realidad, se trató de una trampa que le tendió el fiscal Ramón Pedrosa, quien encargaría a unas costureras bordar ese estandarte y dejarlo en casa de Mariana, donde “casualmente” este símbolo liberal sería descubierto en un registro de la casa ordenado por Pedrosa el 19 de marzo de 1931. Mariana fue arrestada, acusada de insurrección, y, tras un juicio sin garantías procesales, condenada a muerte. El ministro de Justicia le ofreció el indulto si delataba a sus cómplices, pero Mariana se negó a delatar a sus compañeros por lo que fue ejecutada el 26 de mayo de 1831, convirtiéndose desde ese mismo momento en un referente de la lucha por la libertad.