
Raúl Fernández Sánchez / Colaborador BM Caserío
Ciudad Real ha vivido muchas gestas deportivas, pero pocas tan profundas, tan auténticas y tan nuestras como la del Caserío. El pasado 25 de mayo de 2025, apúntenlo bien en su memoria, tras una temporada de lucha, humildad y constancia (esencia de nuestro club), el Caserío ha sellado su ascenso a la Liga ASOBAL. No es solo una victoria deportiva; es una declaración de amor a la ciudad, a sus valores y a una forma de entender el deporte como un vínculo social. Hemos presenciado una reformulación del famoso ganar, y ganar y ganar y volver a ganar, en un ganar, y perder y volver a perder, y ayudar y volver a ganar.
Porque ahora está de moda ser del Caserío, y lo estará durante muchos años. Pero hubo un tiempo en que no lo estuvo. Aun así, en aquellos días de pabellones con eco y presupuestos limitados, de deudas, de dardos envenenados, el club no dio un paso atrás. Lo sostuvieron manos invisibles, con corazones visibles: Antonio Caba, Julián Amores y Santi Urdiales. Tres nombres que han trabajado con la discreción de quien sabe que el éxito verdadero no se grita, ni se impone, se construye. Con esfuerzo. Con pasión. Con una tozuda fe en que ganar, ayudar y respetar pueden convivir en un mismo equipo.
Lo que ha hecho el Caserío no es solo subir a la élite: es demostrar que el isomorfismo deportivo entre victoria, compromiso social y respeto al otro no es una utopía, sino un modelo real. Este club ha ganado sin perder la esencia, sin dar la espalda a su ciudad, más bien sintiéndose siempre orgulloso de ella y sus instituciones, ha ayudado sin esperar medallas, y ha respetado incluso cuando fue ignorado. Hoy, la ciudad responde. Se ven camisetas amarillas en los comercios, en los bares, en los balcones. La gente se saluda hablando del Caserío. La identidad vuelve a circular por nuestras calles. Y eso no tiene precio.
Este ascenso es, también, una recompensa a quienes han creído cuando era más difícil creer. A quienes trabajaron en silencio, a los que limpiaron balones, diseñaron campañas, doblaron equipaciones o vendieron rifas. Y a los jugadores, claro, que no han sido solo deportistas, sino embajadores del espíritu del Caserío. El club ha sido un reflejo vivo de nuestra ciudad: modesto, resistente, hospitalario y valiente.
Dicen algunos que esto ha sido un milagro. ¿Un milagro? Sí, lo es. Pero no uno celestial. Es un milagro de los de aquí, de los que se hacen con sudor y ternura. Un milagro de pabellones humildes, de fines de semana sin descanso, de palabras sinceras y de convicciones firmes. De nuestro mundo, de esta complicada pero preciosa realidad, de nuestra ciudad, de nuestras calles, de nuestro querido balonmano. De vosotros, Antonio, Julián y Santi.
Hoy, el Caserío es de ASOBAL. Mañana también. Pero, sobre todo, hoy el Caserío es de su gente. De Ciudad Real. De su historia. Y del futuro que ya hemos empezado a escribir. Un milagro muy de (Ciudad) Real.
¡Vamos Caserío!