La razón está en el funcionamiento del cerebro. Cuando realizas un movimiento voluntario, el cerebro predice con gran precisión las sensaciones que ese movimiento va a producir en tu cuerpo. Gracias a esa anticipación, reduce la intensidad de la información táctil que recibe, haciendo que el contacto resulte mucho menos sorprendente. En cambio, cuando otra persona te hace cosquillas, el cerebro no puede prever exactamente el momento, el lugar o la intensidad del contacto. Esa falta de previsión hace que la sensación sea más intensa y provoque la risa o la reacción de apartarse. Por ello, las cosquillas dependen más de la sorpresa y la imprevisibilidad que del simple contacto físico.