
Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte
En 1754 nacía una niña en Madrid en el seno de una familia aristocrática: por línea paterna era nieta del conde de Montijo y por línea materna era nieta del conde de Miranda del Castañar. A pesar de venir al mundo en un entorno privilegiado su infancia no fue sencilla ya que cuando tenía tres años murió su padre, Cristóbal Portocarrero. En estas circunstancias dramáticas le habría sido de gran ayuda contar con los cuidados de su madre, María Josefa de Zúñiga, pero su progenitora decidió ingresar en un convento para intentar mitigar con la vida monacal la tristeza en la que quedó sumida tras enviudar.
De este modo, se responsabilizó del cuidado de María Francisca su abuelo paterno, que se encargó de asegurar una buena educación para su nieta al ingresarla en el convento de las Salesas, donde acudían para recibir una adecuada formación niñas pertenecientes a familias nobles. Las monjas salesas ofrecían una instrucción básica, pero cuando descubrían alumnas con más inquietudes y unas dotes especiales para la adquisición de conocimientos más complejos no dudaban en aportar una formación más profunda. Así sucedió con María Francisca, cuya madurez, precocidad mental y capacidad intelectual fueron hábilmente desarrolladas por las monjas para otorgarle una esmerada educación, destacando en el conocimiento de lenguas clásicas y de idiomas como el francés.
Cuando María Francisca tenía nueve años murió su abuelo paterno y al ser su única heredera directa recibió diversos títulos nobiliarios entre los que destacará el condado de Montijo. De este modo, se quedaba prácticamente sin familia directa, pero con una enorme fortuna que la convertía en una de las mujeres más ricas de su época. Esta óptima situación económica le daría una notable libertad para poder seguir formándose y dedicarse a asuntos que le atraían, entre los que destacaron los relacionados con la promoción del papel de la mujer en la sociedad. La fortuna de María Francisca resultaba muy atractiva y por ello no resulta extraño que desde muy joven diversas casas nobiliarias se fijasen en ella, no obstante, parece que nuestra protagonista quiso reafirmar su independencia al escoger como marido a un militar de familia noble, pero que no pertenecía a un destacado linaje: Felipe Palafox. Se casaron en 1768 cuando ella tenía catorce años y él veintinueve. Tuvieron ocho hijos, de los cuales sobrevivieron seis, cuatro hembras (Ramona, Gabriela, Tomasa y Benita) y dos varones: Eugenio, que heredaría el condado de Montijo, y Cipriano, que sería el padre de la futura emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo.

Izq.: Retrato de María Francisca de Sales Portocarrero del año 1765, atribuido a Andrés de la Calleja perteneciente a la Colección de los Duques de Alba. Centro: Don Felipe de Palafox, esposo de María Francisca. Obra del pintor Francisco Bayeu. Dcha.: Joseph Climent y Avinent, obispo de Barcelona entre 1766 y 1775, amigo y mentor de María Francisca de Sales Portocarrero.
María Francisca fue una buena esposa y una abnegada madre, pero la atención y el cuidado que dedicó a su familia no le hizo abandonar sus inquietudes culturales y sociales, llenando su vida con diversas iniciativas intelectuales. En 1774, animada por su amigo el obispo Climent, que era conocedor de su dominio del francés, realizó la traducción al castellano de la obra “Instrucciones sobre el sacramento del matrimonio”. Siguiendo el ejemplo de algunas destacadas aristócratas, decidió crear en su casa una tertulia en la que de forma periódica se trataban temas de carácter social, político y cultural, contando con la presencia de notables personajes del momento, entre los que podemos destacar a Jovellanos con quien mantendría una buena amistad. Estas tertulias se inspiraban en los salones que damas de la nobleza francesa pusieron de moda a mediados del siglo XVIII y que sirvieron para difundir ideas ilustradas, las cuales fortalecerían el empeño de María Francisca por defender la mejora de la realidad social y cultural de las mujeres en nuestro país. En esta lucha coincidió con otras mujeres ilustradas que empezarían a romper algunas barreras como lograr ser admitidas en instituciones como la Sociedad Matritense de Amigos del País, donde se creó la Junta de Damas, que estaría presidida por la duquesa de Benavente, asumiendo María Francisca la secretaría, desde la que demostró su enorme capacidad de trabajo al impulsar y supervisar diversos proyectos para la mejora de las condiciones de las mujeres en diversos ámbitos como el laboral, el educativo y el asistencial. Desde este cargo de secretaria también dio muestras de su capacidad para elaborar discursos e informes como el que realizó en 1788 para oponerse a la intención del gobierno de imponer un traje femenino nacional como medida para controlar los gastos. Los argumentos de María Francisca contra esta especie de uniforme femenino fueron tan demoledores que el gobierno tuvo que retirar la propuesta.
En 1791 murió su marido Felipe y cuatro años después volvía a casarse, aunque el matrimonio se realizó de forma muy discreta, al pertenecer su segundo esposo, Estanislao de Lugo, a un grupo social muy inferior. María Francisca compartía con su nuevo marido unas profundas inquietudes religiosas que, en cierta medida, se encontraban próximas a una corriente de renovación que reivindicaba una espiritualidad más íntima y contraria a una religiosidad cercana a la superstición. Algunos religiosos acusaron a la condesa de Montijo de pertenecer al “jansenismo”, una corriente heterodoxa perseguida por la Iglesia Católica. Tras diversos años de disputas con la Inquisición, finalmente María Francisca sería condenada en 1805 al destierro, que en un primer momento cumplió en tierras extremeñas y más tarde en Logroño, donde moriría en abril de 1808.