Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

Cuando el 16 de febrero de 1594 nació en Barcelona una niña, que sería bautizada con el nombre de Juliana, nada hacía prever que llegaría a ser una destacada figura pionera al alcanzar una meta que ninguna mujer había logrado anteriormente. Esta niña era el fruto de una relación que su padre, Juan Antonio Morell, había mantenido con una criada. A pesar de ser el resultado de una relación extramatrimonial, fue acogida por la esposa de Juan Antonio, Juana, lo que le permitió vivir en un ambiente acomodado, ya que su padre era un conocido comerciante y prestamista de origen judío.

Muy pronto Juliana empezó a dar muestras de tener prodigiosas facultades intelectuales, como puso de manifiesto al aprender a leer y escribir con tan solo cuatro años, lo que animó a su padre a otorgarle una profunda formación en su casa, a la que acudían diversos maestros a enseñarle diferentes disciplinas como filosofía y gramática, además de diversos idiomas. La instrucción que recibía en su propia casa se complementaba con la formación en materias como teología, aritmética o música que diariamente recibía en el convento de Santa María de Montsió, por lo que llegaba a dedicar cada día unas doce horas al estudio. Su precocidad y su sorprendente capacidad para adquirir nuevos conocimientos dejaba asombrados a sus formadores, hasta el punto de que cuando contaba con seis años sus maestros del convento de dominicos reconocieron a su padre que ya no podían enseñarle nada más.

En 1600 Juan Antonio se vio envuelto en un turbio asunto que acabó en un homicidio, lo que provocó que fuese acusado de asesinato. Para evitar el juicio huyó a Francia y, como había muerto su esposa un par de años antes, dejó a Juliana al cuidado de una monja dominica, pero en 1601 Juliana pudo reunirse en Francia con su padre. Tras una breve estancia en París se instalaron en Lyon, donde esta niña superdotada pudo profundizar su formación y satisfacer sus inagotables ansias de conocimiento al incorporar enseñanzas en saberes como Derecho, Astronomía y Física, además de ampliar sus conocimientos en idiomas. Con siete años ya dominaba el castellano, catalán, griego, latín y hebreo; a los doce años también se expresaba correctamente en francés, italiano, árabe y siríaco y con diecisiete años podía hablar, leer y escribir en catorce idiomas.

Izq.: Vista de la ciudad de Barcelona, según una ilustración de la época en la que nació Juliana Morell. Centro: El papa Paulo V fue una de las personalidades que aporto fondos para lograr la dote de Juliana Morell. Dcha.: San Vicente Ferrer fue uno de los autores, al igual que San Agustín, cuya obra tradujo Juliana.

La fama de Juliana traspasaba fronteras y su extraordinaria erudición empezaba a ser conocida en buena parte del continente europeo, donde resultaban muy llamativos sus conocimientos en disciplinas a las que entonces se consideraba que no debían acceder las mujeres. Su padre era consciente del interés que despertaba su hija e intentó sacar provecho económico de ello, pues tenía pensado mostrar, como si se tratase de un espectáculo, las enormes capacidades intelectuales de Juliana en diferentes cortes europeas y entornos nobiliarios que estaban interesados en conocer a la niña prodigio a cambio de generosas compensaciones económicas. Pero la voluntad de Juliana estaba muy alejada del pragmático interés paterno y la puso claramente de manifiesto cuando el día que cumplía doce años leyó su tesis doctoral sobre Lógica y Moral, convirtiéndose de este modo en la primera mujer de la historia en conseguir un doctorado.

Como en aquellos tiempos las mujeres no podían acceder a los estudios universitarios, tuvo que defender su tesis en su propia casa de Lyon ante reconocidos intelectuales y profesores universitarios que valoraron su trabajo muy positivamente. Poco tiempo después se fue con su padre a vivir a Aviñón, donde 1608 recibió el grado de doctora “cum laude” en Filosofía. Una vez conseguida esta proeza, Juan Antonio estimó que había llegado el momento de lograr un buen matrimonio para su hija, pero, de nuevo, los intereses de Juliana se orientaban hacia una dirección bien distinta, al considerar que el matrimonio podría cercenar sus inagotables inquietudes culturales, por lo que, para conservar su libertad creativa y de pensamiento, decidió ingresar en 1609 como novicia en el convento de Santa Práxedes de Aviñón. Para intentar quebrar el plan de Juliana su padre le negó la dote precisa para poder jurar sus votos como monja, pero la joven logró reunir el dinero necesario para la dote gracias a la ayuda y las aportaciones de ilustres personajes como la condesa de Comté y el papa Paulo V.

Desde ese momento el resto de su vida lo pasó en ese convento, del que fue priora en tres ocasiones. Allí encontró el ambiente propicio para seguir alimentado las infinitas necesidades de su intelecto, para elaborar composiciones literarias y para realizar interesantes traducciones de obras de autores como San Vicente Ferrer o San Agustín en las que incorporaba agudas reflexiones y comentarios críticos, donde mostraba una especial habilidad para lograr una simbiosis entre el racionalismo cartesiano y el misticismo típico de su época. Juliana murió en 1653, pero su fama le sobrevivió, llegando a ser alabada y reconocida su obra por autores como Lope de Vega.