Francisco Javier Morales

Francisco Javier Morales Hervás/ Doctor en Historia

España había abandonado su sueño imperial, al ser una de las grandes derrotadas de la Guerra de los Treinta Años. Ciudad Real no era ajena a la sensación general de agotamiento que se reflejaba en una crisis que ya duraba varias décadas. A pesar de ello, aún había cierta actividad comercial en esta ciudad, que, en parte, se había beneficiado de la llegada a comienzos del siglo XVII de varias familias de mercaderes portugueses. A una de estas familias pertenecía Tomás, que, como la mayor parte de estos inmigrantes lusos, era converso.

La ascendencia judía de Tomás no le impidió abrazar con fervor la fe católica. De hecho, frecuentaba la iglesia de San Pedro, pues vivía cerca de ella y allí solía encontrar un remanso de paz donde descargar el pesado lastre de los habituales problemas personales y profesionales. En las últimas semanas su inquietud había aumentado por la presión a la que le estaba sometiendo un comerciante, cristiano viejo, por una disputa mercantil.

Aunque la razón estaba de parte de Tomás, su rival había acudido a la Inquisición para acusarle de falso converso, por lo que sabía que, tarde o temprano empezarían las represalias y, muy probablemente, sería juzgado en Toledo.
Tomás decidió aparcar sus preocupaciones y dejarse en volver por el agradable ambiente que encontraba cada vez que acudía a San Pedro, edificio inspirado en los principios estéticos difundidos por Bernardo de Claraval, que se ponían de manifiesto en las bóvedas de arista y arcos apuntados, pero que en este templo convivían con un espacio menos esbelto, que le confería un cierto aspecto de fortaleza. Y eso necesitaba Tomás en ese momento, sentirse acogido y protegido por sus muros gruesos de sillería y mampostería, que delimitaban una planta de tipo basilical,
dividida en tres naves, siendo la central algo más ancha y alta que las laterales. Robustos pilares con ocho columnas adosadas separaban la nave central de las laterales. La cabecera sólo contaba con un ábside poligonal, que estaba cubierto por una bóveda nervada y que recibía una especial iluminación gracias a cinco ventanas geminadas ojivales.

 

Debajo, de izquierda a derecha, las tres puertas: la del Sol, de la Umbría y de Poniente.

Debajo, de izquierda a derecha, las tres puertas: la del Sol, de la Umbría y de Poniente.

Tomás contempló las dos capillas que había a ambos lados del ábside: a la izquierda una mandada construir a principios del siglo XVI por la familia Vera y a la derecha una bellísima capilla rematada con una llamativa bóveda estrellada y con arcos apuntados, en la que destacaba la reja que daba acceso a la capilla, realizada en época de los Reyes Católicos. No obstante, la capilla preferida de Tomás era la situada junto a la nave sur, en la que dejaba pasar el tiempo contemplando el extraordinario sepulcro yacente de Fernando de Coca, confesor de Isabel I, que le recordaba a una escultura similar que pudo apreciar en la catedral de Sigüenza.

Interior de la Iglesia de San Pedro, Ciudad Real

Interior de la Iglesia de San Pedro, Ciudad Real / Foto realizada y cedida por Javier Torres Hernández

Para abandonar el templo Tomás podía elegir entre tres puertas. La del Sol presentaba el arco más apuntado y sobre ella resaltaba una ventana de arco apuntado geminado rematado en tetralóbulo. La de la Umbría, que mostraba cierta reminiscencia arábiga al contar con un arco polilobulado. Pero, por razones obvias, se decidió por del Perdón, abocinada y muy ligeramente apuntada, que contaba con una sencilla, pero hermosa decoración con motivos como puntas de diamantes y rosetas en las arquivoltas.

Al salir del templo por esta puerta, Tomás no pudo contener las lágrimas al pensar que quizás sería la última vez que lo contemplaría en mucho tiempo. Su deseo de volver a disfrutar de la belleza de este edificio permaneció siempre vivo, como ocurre en todos aquellos que lo visitan en la actualidad.

Fotos realizadas y cedidas por Javier Torres Hernández