
Miguel Alberdi Fernández / Psicólogo especialista en trauma e intervención en psicoterapia breve con niños y adolescentes. Cofundador de la Asesoría Emocional Sentir
¿Cuántas veces nos lo hemos dicho después de una discusión? Sabemos que levantar la voz no ayuda, que encerrarnos en nosotros mismos tampoco, que querer tenerlo todo bajo control nos agota o que seguir dándole vueltas a lo ocurrido no va a cambiarlo. Lo sabemos. Y, sin embargo, cuando vuelve a aparecer una situación parecida, algo dentro de nosotros nos impulsa a comportarnos de la misma manera.
Analizamos lo que nos ocurre, buscamos explicaciones y tratamos de entender por qué reaccionamos como lo hacemos. Todo ello forma parte del proceso, sin embargo, a veces seguimos pensando una y otra vez sobre el mismo problema porque resulta más fácil analizar lo que sentimos que sentirlo. Es una forma de protegernos cuando determinadas emociones resultan demasiado difíciles de afrontar.
Además de nuestra capacidad para pensar y reflexionar, existe un sistema que trabaja de forma silenciosa y automática, el Sistema Nervioso Autónomo. Mientras tú lees estas líneas, regula la respiración, el ritmo del corazón o la tensión muscular. Pero también hace algo más, evalúa constantemente si estamos a salvo o si necesita prepararnos para protegernos.
Ese aprendizaje no siempre se produce de la misma manera. A veces nuestro sistema nervioso aprende porque una experiencia se repite muchas veces. Otras, porque una sola situación tiene la intensidad suficiente para dejar una huella significativa. En esos momentos, especialmente cuando no disponemos de recursos para comprender lo que está ocurriendo, la experiencia puede no quedar almacenada como un recuerdo que podamos explicar con palabras, sino como una forma de reaccionar. Por eso es posible saber racionalmente que una situación ya no representa un peligro y, aun así, sentir miedo, tensión o la necesidad de controlar. No porque nos falte fuerza de voluntad, sino porque entender con la mente no siempre significa que el sistema nervioso haya aprendido que el peligro terminó.
Esta idea también nos ayuda a comprender por qué las palabras, aunque importantes, no siempre bastan. Pensemos en los niños, podemos repetirles que todo está bien, pero si lo hacemos con una voz tensa, con prisas o nerviosismo, probablemente aprenderán más de nuestro estado que de nuestro discurso. Antes de comprender plenamente las palabras, perciben cómo les miramos, cómo les sostenemos y cómo les hacemos sentir.
Quizá la próxima vez que te preguntes: «¿Por qué sigo haciendo esto si no me hace bien?», puedas cambiar la pregunta. En lugar de pensar: «¿Qué me pasa?», quizá sea más útil preguntarte: «¿Qué aprendió mi sistema nervioso para creer que esta era la mejor manera de protegerme?». A veces, ese pequeño cambio de perspectiva no resuelve el problema de inmediato, pero sí transforma la forma en que empezamos a comprendernos. Y, con frecuencia, esa comprensión es el primer paso para construir formas más saludables de responder a la vida.