Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

La creatividad de los escritores españoles del Siglo de Oro dio lugar a la composición de obras extraordinarias protagonizadas, en muchos casos, por personajes de compleja personalidad y sorprendente biografía. Nuestra protagonista parece sacada de una de estas creaciones literarias, de hecho, su peculiar trayectoria vital serviría de base para una obra teatral.

Según su partida de bautismo, Catalina nació en San Sebastián el 10 de febrero de 1592. Cuando contaba con cuatro años de edad sus padres, Miguel de Erauso y María Pérez de Galárraga, decidieron internarla en el Convento de San Sebastián el Antiguo. Desde muy pequeña demostró tener un espíritu rebelde y ello provocó que su permanencia en este convento estuviese repleta de situaciones conflictivas, por lo que fue trasladada al Convento de San Bartolomé, de normas más estrictas, lo cual, en lugar de aplacarla acabaría por incrementar su rebeldía, que expresó con disputas y discusiones, probablemente fomentadas por ciertas humillaciones que padeció, que culminarían en 1607 cuando tuvo un duro enfrentamiento con una monja. Tras este suceso decidió escaparse del convento, llevándose consigo tijeras, hilos y agujas, instrumentos que utilizó para cortarse el pelo y confeccionarse una vestimenta masculina, pues había decidido que desde ese momento vestiría y viviría como un hombre.

Tras varios días caminando sin rumbo fijo, llegó hasta Vitoria donde con su nueva identidad masculina y haciéndose llamar Francisco de Loyola entró a trabajar al servicio de un médico, ocupación que abandonó a las pocas semanas para buscar fortuna en Valladolid con el dinero que había sustraído al médico. Su estancia en tierras castellanas tampoco fue muy duradera y desde allí probó suerte en Bilbao y en Estella, retornando a San Sebastián unos dos años después de su huida. En su ciudad natal llegaría a coincidir en una iglesia con su madre, la cual no llegó a reconocerla con su aspecto masculino. Temiendo ser descubierta por algún pariente, decidió ir hasta Sanlúcar de Barrameda para tomar un barco que la llevase a América. Logró formar parte de la tripulación de un galeón capitaneado por un pariente lejano suyo y de este modo pudo llegar a tierras americanas, pero cuando desde un puerto panameño el barco se disponía a volver hacia España cargado de metales preciosos, Catalina logró bajar del galeón con quinientos pesos que había robado al capitán.

Izq.: Ilustración de Catalina de Erauso luchando contra los mapuches en Chile. Centro: Recorrido de Catalina de Erauso por Sudamérica. Dcha.: Papa Urbano VIII, ratificador de la autorización real que permitía a Catalina vestir de hombre.

En Panamá conoció a Juan de Urquiza, un importante mercader con quien entró a trabajar en tierras peruanas, donde se ganó el afecto de su señor al demostrar una notable diligencia en la gestión de algunos almacenes de este comerciante, pero la innata propensión de Catalina a participar en reyertas y peleas le llevó a verse envuelta en una disputa que acabó con un hombre muerto y otro herido, hechos por los que fue encarcelada. Juan de Urquiza empleó sus influencias para sacarla de la cárcel, con la condición de que se casara con su amante, pero al negarse rotundamente Catalina, por temor a que se descubriera su auténtica identidad, su amo decidió enviarla a trabajar a Trujillo, donde volvió a meterse en problemas por peleas y por deudas de juego, que acabarían provocando su despido.

Ante la necesidad de buscar un nuevo empleo decidió alistarse como soldado con el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán para luchar en Chile contra los indios mapuches, a los que combatió durante unos cuatro años, demostrando gran arrojo y valentía en destacados enfrentamientos, como la heroica acción que protagonizó en la batalla de Valdivia al recuperar la bandera que había sido robada por los nativos, gesta tras la que fue ascendida a alférez. Poco después participó en la batalla de Puren, en la que, tras la muerte del capitán, asumió el mando de las tropas y logró una importante victoria. Pero su carácter indómito y pendenciero, unido a su enfermiza afición por el juego y las apuestas, le llevaría a protagonizar nuevas disputas y refriegas en las que hirió y mató a varias personas, por lo cual eran frecuentes sus cambios de residencia para intentar escapar de la acción de la justicia, recorriendo miles de kilómetros entre Perú, Argentina y Bolivia, hasta que fue detenida en Huamanga, donde, consciente de que iba a ser condenada a muerte, solicitó declarar ante el obispo Agustín de Carvajal, a quien relató toda su vida, reconociendo que realmente era una mujer.

El relato de Catalina conmovió al obispo, que la perdonó y le hizo ingresar en el convento de Santa Clara de Huamanga. Muy pronto la sorprendente historia de mujer singular fue muy conocida y se convirtió en toda una celebridad, hasta el punto de que el arzobispo de Lima y el virrey quisieron conocerla. En 1624 regresó a España donde sería recibida por el rey Felipe IV, que le puso el sobrenombre de “monja alférez” y le concedió una pensión por sus méritos militares. Poco después inició un viaje por Europa, llegando a ser recibida por el papa Urbano VIII, de quien obtuvo el permiso para seguir vistiendo como un hombre. Catalina escribió sus propias memorias, que son la base fundamental para conocer su extraordinaria biografía y que inspiraron al dramaturgo Juan Pérez de Montalbán para componer en 1629 la obra de teatro “La monja alférez”. En 1630 Catalina regresó a América, donde llevó una vida más tranquila, dedicándose a transportar pasajeros y equipajes de Veracruz a México hasta que murió hacia 1650.