Carlos Caballero / Arqueólogo
Colegio Profesional de Arqueología de Madrid

Hubo un tiempo, ya lejano, en que el fútbol no era el deporte más popular: a finales del XIX se desató en Madrid una fiebre por la pelota vasca que se tradujo en la construcción de grandes frontones con gradas capaces para miles de personas. En pocos años, se construyeron en la capital hasta 30 frontones, alguno de los cuales pasó a la historia de la arquitectura española pese a su desaparición, como el Jai Alai, junto al Retiro o, especialmente, el frontón Recoletos, en la calle Villanueva, un alarde de ingeniería firmado por Zuazo y Torroja. De toda esa época de esplendor de la pelota vasca en Madrid, el único testigo vivo es el Frontón Beti Jai, recientemente recuperado tras largos años de abandono, y cuyo nombre en euskera, “Siempre fiesta”, nos recuerda el auge de este deporte en esos años del cambio de siglo.

Izq.: Fachada interior del frontón. Dcha.: Calle interior.

Construido según proyecto del arquitecto santanderino Joaquín Rucoba, autor en Bilbao de obras tan notables como el nuevo Ayuntamiento o el Teatro Arriaga, el frontón recibe al visitante en la calle Marqués de Riscal con una sobria fachada de aire neoclásico que enmascara el espectáculo neomudéjar y de arquitectura del hierro que encontramos en el interior. Se accede por un corredor flanqueado por una fachada de ladrillo que reproduce el lenguaje de las plazas de toros de la época y que, en origen, daba directamente a la calle, al no haber sido construidos los edificios que hoy completan la manzana.

Una vez en la interminable pista, asombra al visitante el grácil graderío sostenido por un juego de columnillas entre las cuales crecen filigranas de hierro fundido, que se asoma al amplio espacio abierto de la pista de juego, recuperado hoy como un remanso de paz en medio de la abigarrada ciudad.

Izq.: Detalle de las tribunas. Dcha.: Otra imagen de la calle interior.

Tras su clausura como recinto deportivo, en 1919, el espacioso frontón Beti Jai, que ya mientras fue escenario de los partidos de pelota había acogido un sinfín de actividades paralelas (entre otras, allí probó el ingeniero Leonardo Torres Quevedo un primitivo mando a distancia), recuperó esa vocación mutante y pasó por destinos variados, alguno incluso insospechados, pues fue concesionario de coches y motos, acogió a fábricas diversas, sus gradas fueron reutilizadas como viviendas y, finalmente, funcionó como taller mecánico. Después, para el Beti Jai llegaron el abandono y la progresiva ruina, pero no el olvido: en los años 70 del siglo XX, un colectivo de arquitectos llamó la atención sobre el deterioro del antiguo frontón y el de otros muchos edificios históricos que se veían amenazados por la piqueta en un momento de vertiginosa expansión de la ciudad. Desde ese momento, se alzaron varias voces para promover la protección de este edificio singular, testigo silencioso de otra época, y finalmente recibió en el año 2011, con retraso -como suelen llegar siempre los homenajes- , la catalogación como Bien de Interés Cultural, premio que facilitó la expropiación del edificio por el Ayuntamiento en 2015 y su posterior recuperación, en un proceso largo y polémico, que culminó con su reapertura en 2024. De este modo, se ha recuperado, casi un siglo después de su clausura, un edificio que nos devuelve a la época en que un partido de pelota vasca en Madrid era siempre una fiesta feliz: si uno se aparta unos metros de un grupo de visitantes y se refugia bajo el porche protegido por las gráciles columnillas de hierro fundido, oirá el eco de una pelota golpeando contra la pared, que resuena todavía con más fuerza que el de todas las actividades que tuvieron cobijo en ese frontón histórico.

Vista general del frontón madrileño y graderíos (Fotos: Carlos Caballero).

*(La visita al Frontón puede organizarse en la web www.frontonbetijai.es. El programa “La aventura del saber”, de Televisión Española, le dedicó un amplio reportaje, disponible en: https://www.rtve.es/play/videos/la-aventura-del-saber/fronton-beti-jai/16507824/)