
Raúl Fernández Sánchez / Colaborador BM Caserío
Querida familia amarilla, el pasado mes de octubre, vivimos nuevas situaciones que quedarán en nuestra memoria. Concretamente, saboreamos una de esas mañanas que confirman el camino recorrido y avivan la ilusión por lo que está por venir.
Primero, el ambiente previo. Más de 5.500 personas llenaban las gradas del Quijote Arena, trayendo de vuelta esa atmósfera como en los viejos tiempos. Me atrevería a decir que incluso mejor que en los mismos. Los aledaños rebosaban energía desde una hora antes; el parking colapsado, las colas para entrar, los cánticos… un apoyo incondicional que demuestra que nuestro club está muy vivo. Quince años después de aquella última gran cita, Ciudad Real volvía a sentir que el balonmano tiene alma aquí, y vosotros, nuestra afición, os encargasteis de demostrarlo.
Sobre la pista, sabíamos que la diferencia de potencial frente al FC Barcelona era grande, y así se reflejó en el marcador (27-37) al final del partido. Sin embargo… qué mérito el nuestro: nos mantuvimos en el pulso durante el primer tiempo, trabajamos sin perder la cara, sin renunciar a nada, y ofrecimos resistencia.
Más allá del resultado, era una cuestión de garra, de lucha, de reconocimiento a quienes trabajan por este club, desde los jugadores hasta los colaboradores. Santi quiso que lo vivierais, que lo disfrutarais, y lo conseguimos.
Porque eso es lo que realmente importa: estar aquí, juntos, sentir que podemos crecer. No se trata solo de resultados aquí y ahora, sino del legado que estamos construyendo. Vosotros, la afición, habéis sido esenciales para que el club esté de nuevo en el centro del mapa del balonmano; habéis vuelto y habéis demostrado que no nos queremos ir. Como afirmaba Juan Lumbreras: “catorce años de espera… y ahora que estamos aquí ya no nos queremos ir”.
Hay que dar las gracias. Gracias por llenar el pabellón, gracias por el aliento, gracias por creer. Este momento es vuestro tanto como de los jugadores o el cuerpo técnico. Y con él, viene la certeza de que aún podemos ampliar horizontes: mejorar la plantilla, consolidarnos en la categoría, acercarnos a objetivos mayores. El desafío queda abierto y lo afrontamos con la ilusión intacta.
Así que celebremos esta “derrota más festiva” -como han titulado algunos medios-, porque es una derrota que nos hace ganar en espíritu, en identidad, en futuro. Seguimos creciendo, juntos, con pasos firmes pero ambiciosos.
¡Vamos, Caserío!