Arancha Fernández Morales / Responsable de Comunicación de Casvi Boadilla

Para alguien que nació en los ‘80, recordar las vacaciones de antes me provocan añoranza. Las vivíamos como algo excepcional. Eran un tiempo de anticipación, aventura y libertad. Tan pronto como terminaba el colegio, mis hermanas y yo nos montábamos en el coche familiar, con la cara pegada a las ventanas, ansiosas por explorar nuevos lugares.

Todo era más sencillo por aquel entonces. No teníamos teléfonos inteligentes ni dispositivos GPS. En cambio, confiábamos en mapas de papel doblados y en nuestra intuición. El viaje era tan importante como el destino. Parábamos en restaurantes de carretera, jugábamos a juegos en el coche y cantábamos junto a las cintas de cassette, ¡qué temazos había en aquellos tiempos! Todo era espontaneidad, y perderse era una aventura, no una frustración.

Estar de veraneo significaba libertad de horarios. Explorábamos bosques, subíamos colinas, nos manchábamos, caíamos y llegábamos a casa satisfechos por el día que habíamos pasado. Nuestros padres leían libros bajo sombrillas de playa, y nosotros perseguíamos pájaros y construíamos túneles de arena. El olor a protector solar y el sabor del helado eran sinónimos de felicidad. Las vacaciones se trataban de crear recuerdos, no de publicaciones dignas de Instagram.

¡Y qué hablar de la siesta! Antes, eran una tradición casi sagrada. Después del almuerzo, todos se recostaban, cerraban los ojos y se entregaban al sueño reparador. Era una pausa necesaria para recargar energías y disfrutar plenamente del resto del día. Sin embargo con la era digital, las siestas han perdido terreno. Ahora, muchos optan por ver películas en sus dispositivos o perderse por el contenido del móvil. Las pantallas brillantes nos mantienen despiertos. Quizás sea hora de recordar la sabiduría de las generaciones anteriores y redescubrir el valor de un placentero descanso después de la comida.

El equilibrio entre trabajo y vida era diferente también. Nuestros padres trabajaban duro, pero cuando llegaba el momento de estar unos días de descanso, se desconectaban por completo. No había correos electrónicos laborales ni llamadas urgentes. La oficina quedaba atrás, y la familia se convertía en la prioridad. Pasábamos tardes construyendo castillos de arena y recolectando conchas. El estrés de la vida cotidiana se desvanecía.

Avancemos hasta hoy. Las vacaciones siguen siendo mágicas, pero han evolucionado. Tenemos teléfonos inteligentes con cámaras de alta resolución, y nuestras redes sociales están inundadas de fotos de viajes que generan envidia. El equilibrio entre trabajo y vida es una lucha constante. Incluso en las jornadas de ocio revisamos correos electrónicos, respondemos mensajes y nos preocupamos por los plazos. La presión por capturar la puesta de sol perfecta puede eclipsar la experiencia real.

Por supuesto, la educación y la crianza también han experimentado cambios significativos que afectan la forma en que vivimos las vacaciones. Los padres tienden a ser más permisivos y, a veces, evitan discutir con sus hijos para no crear conflictos. Como resultado, pueden consentir más a sus hijos durante las vacaciones, permitiéndoles tomar decisiones sobre sus preferencias.

Si bien la tecnología ha hecho que viajar sea más conveniente, quizás hemos perdido un poco la esencia que definían las vacaciones en el pasado. Al planificar nuestra próxima escapada, recordemos desconectar, respirar el aire salado y crear recuerdos que no requieran filtros. Después de todo, las vacaciones de verdad, las buenas, radican en los momentos que compartimos con nuestros seres queridos, no en los píxeles de nuestras pantallas.

¡Feliz verano a todos!