
Enrique Santes Alamá / Profesor de Música en Secundaria en Casvi Boadilla
Vivimos rodeados de música. A veces no la notamos, otras veces la buscamos, pero rara vez estamos realmente en silencio. Como docente y músico, puedo afirmar que la música no solo acompaña mis días: los estructura, los llena de sentido y les da forma.
La música forma parte del tejido cultural y emocional de todos, incluidos nuestros estudiantes. Como colegio que implementa la metodología del Bachillerato Internacional (IB), entendemos la importancia de una educación integral, que forme a personas completas, con pensamiento crítico, sensibilidad artística, conciencia global y sentido ético. En ese sentido, la música no es solo una materia: es una herramienta transversal que potencia aprendizajes significativos y conecta con los principios fundamentales del IB.
Uno de los beneficios más visibles de la música en el aula es su capacidad para desarrollar el pensamiento creativo. En nuestras clases de música, los alumnos exploran sonidos e improvisan. Este tipo de pensamiento divergente está alineado con el perfil del alumno IB, que busca formar individuos que piensen de manera independiente y original.
Fomentamos actividades en las que el proceso creativo es tan importante como el resultado final. A través de la experimentación sonora y el análisis de músicas de distintos estilos y culturas, los estudiantes no solo aprenden teoría musical, sino que también ejercitan la imaginación, la intuición y la expresión personal.
Otro de los pilares que trabajamos desde la música es la confianza personal y la gestión emocional. Muchos alumnos sienten nervios —o incluso temor— al tener que exponerse ante sus compañeros. Las presentaciones musicales, ya sean en clase o en pequeños recitales, ofrecen un entorno controlado para aprender a gestionar esa ansiedad.
Desde la práctica instrumental hasta la interpretación vocal, los estudiantes desarrollan habilidades de autocontrol, atención plena y manejo del estrés.
Esta conexión con el enfoque socioemocional del IB es esencial: buscamos formar alumnos seguros y empáticos, capaces de comunicar sus ideas con claridad y autenticidad.
La música tiene el poder de cruzar fronteras sin necesidad de traducción. Una melodía puede emocionarnos, aunque no comprendamos su letra. Un ritmo puede contagiarnos, aunque nunca hayamos visitado el país donde se originó. Podríamos decir que la internacionalidad se hace presente con este carácter universal e inclusivo.
En el aula, la música se convierte en una oportunidad para acercarse a otras culturas y formas de sentir, incluso cuando no compartimos el idioma o el origen. A través de la escucha activa y la reflexión sobre diferentes expresiones musicales, los estudiantes comprenden que la emoción, el ritmo o la intención de una pieza pueden traspasar cualquier frontera. A través de la música, los alumnos descubren otras realidades, se conectan con emociones universales y desarrollan una mentalidad global.
Así, la música se convierte en una herramienta de empatía y apertura al mundo, fomentando el respeto por la diversidad y el reconocimiento de lo común en lo diferente.
La práctica musical también activa áreas del cerebro relacionadas con la atención, la memoria y la concentración. En el contexto del aprendizaje, esto se traduce en beneficios claros: desde la mejora de la memoria auditiva hasta la capacidad de identificar patrones y organizar la información de forma más eficiente.
En el colegio, utilizamos estrategias como crear canciones para memorizar contenidos, usamos ritmos para trabajar la coordinación, o empleamos audiciones activas para desarrollar la escucha crítica.
La música no solo embellece el día a día: lo transforma. En la educación IB, donde se valora la formación integral del estudiante, la música se convierte en un canal privilegiado para enseñar, conectar y emocionar.
Porque sí, vivimos rodeados de música. Pero lo más importante no es solo escucharla, sino entenderla, vivirla, compartirla… y enseñarla. Y a ti, con metáfora incluida: ¿cómo te suena esto?