Iván Carabaño Aguado / Pediatra. Hospital Universitario 12 de Octubre

La salud infantil suele ofrecer un espejo nítido de la sociedad que la rodea. A veces ese espejo devuelve escenas luminosas —vacunas que protegen, escuelas que educan, familias que acompañan—, y otras veces refleja grietas que preferiríamos no mirar. Una de esas grietas, quizá hoy la más amplia, es la que dibuja la epidemia silenciosa del sobrepeso y la obesidad infantil. Silenciosa no porque pase desapercibida, sino porque nos hemos acostumbrado a verla.

Un informe reciente de UNICEF ha puesto nombre y cifras a esta transformación global: por primera vez en la historia, el sobrepeso y la obesidad se han convertido en la forma más frecuente de malnutrición infantil en muchos países del mundo. El dato debería estremecernos, porque redefine por completo el concepto de “infancia vulnerable”. Ya no son solo los niños que reciben menos calorías de las que necesitan; son también -y en mayor número- los que reciben demasiadas, pero de la peor calidad posible.

UNICEF habla de “entornos alimentarios tóxicos”, y la expresión es tan incómoda como precisa. Nuestros niños crecen rodeados de una oferta constante de ultraprocesados: baratos, accesibles, irresistibles, diseñados con precisión para activar todos los resortes del placer inmediato. Son productos que llenan, pero no nutren; que entretienen, pero no construyen salud; que se consumen con la misma facilidad con la que se olvidan las verduras en el cajón del frigorífico.

Pero si algo muestra con crudeza este informe es que la obesidad infantil no es un fenómeno democrático. No afecta por igual a todos. Tiene predilección por los hogares más vulnerables, por las familias con menos ingresos, menos tiempo y menos margen de elección. En España lo sabemos bien: los estudios muestran que la prevalencia de obesidad infantil puede duplicarse en los estratos socioeconómicos más bajos. En barrios donde el banco del parque está roto y lo más accesible es un supermercado “low cost” donde hay más pasillos de galletas que de frutas.

Algunas cifras duelen especialmente: en los hogares con menos recursos, la obesidad infantil puede rozar el 30%, mientras que en los más acomodados cae por debajo del 10%. Esta brecha no habla solo de peso; habla de desigualdad, de oportunidades que no llegan, de decisiones alimentarias condicionadas por la economía, por la disponibilidad, por la publicidad que todo lo invade. Habla de un entorno que empuja a unas familias más que a otras hacia opciones poco saludables.

Y es aquí donde conviene recordar la advertencia de Albert Camus: “Nombrar mal las cosas es añadir desgracia al mundo”. Llamar “falta de voluntad” a lo que es desigualdad estructural es, justamente, nombrar mal las cosas. La familia que no puede pagar alimentos frescos no es negligente; es vulnerable. El niño que consume ultraprocesados a diario no es culpable; es víctima de un entorno diseñado para que lo haga. Por eso, la lucha contra la obesidad infantil no puede plantearse como un sermón nutricional, sino como una defensa de la equidad.
Como pediatras -y como sociedad- tenemos el deber de entender que la nutrición infantil no se decide únicamente en la cocina. Se decide en la política fiscal, en el precio de los alimentos saludables, en la regulación de la publicidad dirigida a menores, en la disponibilidad de espacios verdes, en los horarios laborales que permiten o impiden comer en familia. Se decide, en suma, en la capacidad colectiva de proteger la infancia frente a una industria que, como advirtió UNICEF, se beneficia de una arquitectura de consumo que no ha sido diseñada pensando en la salud de los niños.

También nos corresponde defender un mensaje constructivo: no se trata de señalar culpables, sino de construir soluciones reales. De promover comedores escolares que sean ejemplo de nutrición digna. De asegurar que cada barrio tenga acceso a alimentos frescos. De facilitar que las familias dispongan de tiempo y recursos para educar en hábitos saludables. De recordar que un niño no elige su entorno, pero los adultos sí podemos modificarlo.

Porque alimentar no es solo poner un plato en la mesa. Es -como escribió Saint-Exupéry- “construir un mundo para ese niño”. Un mundo donde la salud sea posible, donde la nutrición no dependa del código postal, donde la infancia no se vea atrapada entre pantallas y ultraprocesados.

La obesidad infantil es hoy la malnutrición más frecuente. Pero no tiene por qué ser la más inevitable. Depende de nosotros. Depende de lo que elijamos construir. Depende de si miramos esa grieta -ya grande, ya evidente- como un destino o como una llamada urgente a la responsabilidad colectiva.