
Javier Sánchez Jiménez ‘Grisom’
La posibilidad de que España organice un Mundial de Rugby ya no parece una fantasía lejana. Durante décadas, el rugby español vivió a la sombra de otros deportes, especialmente del fútbol, pero en los últimos años el crecimiento de este deporte, la mejora de las infraestructuras y la experiencia del país en la organización de grandes eventos internacionales han abierto un debate cada vez más serio: ¿está España preparada para albergar una Copa del Mundo de Rugby?
La respuesta corta es que sí podría estarlo, aunque todavía existen retos importantes. España cuenta con varias ventajas evidentes. La primera es su experiencia organizativa. El país ha demostrado una enorme capacidad para acoger eventos deportivos de primer nivel. Desde el Mundial de Fútbol de 1982 hasta los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, pasando por finales de Champions League, torneos de tenis, campeonatos de baloncesto o grandes premios de motociclismo y Fórmula 1, la estructura logística y turística española es una de las más potentes de Europa.
Además, el Mundial de fútbol de 2030, que España organizará junto a Portugal y Marruecos, puede convertirse en un ensayo general para una futura candidatura rugbística. Muchas de las infraestructuras que se utilizarán entonces -estadios, redes de transporte, sistemas de seguridad y alojamiento- serían igualmente válidas para un Mundial de Rugby. De hecho, uno de los grandes atractivos de España para World Rugby sería precisamente la posibilidad de reducir costes aprovechando instalaciones ya existentes.
Otro aspecto fundamental es el clima. Un torneo celebrado en otoño o a comienzos de primavera tendría condiciones ideales en muchas ciudades españolas. Madrid, Valencia, Sevilla, Málaga, Bilbao o Barcelona podrían albergar partidos con temperaturas agradables y excelentes comunicaciones. El turismo también jugaría a favor de la candidatura. Un Mundial de Rugby moviliza a cientos de miles de aficionados con un perfil especialmente viajero y de alto gasto económico. España, como una de las grandes potencias turísticas mundiales, tendría mucho terreno ganado en ese aspecto.
Sin embargo, organizar un Mundial de Rugby no depende únicamente de tener buenos estadios y hoteles. El principal desafío para España sigue siendo el peso real del rugby dentro del país. Aunque la afición ha crecido, especialmente en ciudades como Valladolid, Madrid o San Sebastián, el rugby continúa siendo un deporte minoritario comparado con Francia, Inglaterra, Irlanda, Sudáfrica o Nueva Zelanda. La asistencia a los partidos nacionales todavía está lejos de las cifras habituales en los grandes países rugbísticos, y la selección española aún no ha logrado consolidarse como una presencia estable en los Mundiales.
Ese punto es clave. World Rugby suele apostar por países donde el torneo pueda garantizar grandes audiencias locales y un fuerte impacto mediático. España ofrece mercado, infraestructuras y atractivo turístico, pero todavía debe demostrar que el rugby tiene suficiente implantación social. En ese sentido, la clasificación de la selección española para futuros Mundiales podría ser decisiva. Un equipo competitivo genera identificación, afición y atención mediática. Sin una selección fuerte, la candidatura perdería parte de su fuerza emocional.
También existe la cuestión económica. Organizar un Mundial supone una inversión enorme, aunque inferior a la de unos Juegos Olímpicos o un Mundial de fútbol. España tendría que justificar el gasto público en un contexto donde las inversiones deportivas suelen ser objeto de debate político. La ventaja es que, a diferencia de otros países, no necesitaría construir demasiados estadios nuevos. Instalaciones como el Metropolitano, San Mamés, La Cartuja, Mestalla o el RCDE Stadium cumplirían perfectamente para partidos de gran capacidad.
Otro elemento interesante es la expansión internacional del rugby. World Rugby lleva años intentando abrir nuevos mercados. La elección de Japón para el Mundial de 2019 fue un éxito enorme tanto económico como deportivo. Estados Unidos albergará la edición de 2031 precisamente con la idea de conquistar un mercado gigantesco. En ese contexto, España podría presentarse como una puerta estratégica hacia el sur de Europa y el mundo hispanohablante.
Incluso podría plantearse una candidatura compartida con Portugal, aprovechando la creciente popularidad del rugby portugués y la buena relación organizativa entre ambos países. Una fórmula ibérica reduciría costes y aumentaría la dimensión internacional del proyecto. Además, el éxito reciente de Portugal en competiciones internacionales ha dado mucha visibilidad al rugby en la península.
A día de hoy, parece difícil que España sea elegida para las próximas ediciones inmediatas del torneo, porque el calendario de sedes suele decidirse con años de antelación y existen candidatos muy potentes. Pero pensar en una candidatura para mediados de la década de 2040 ya no resulta descabellado.
España tiene casi todo lo necesario: infraestructuras, capacidad turística, experiencia organizativa y atractivo internacional. Lo que todavía necesita es consolidar una auténtica cultura rugbística capaz de convencer a World Rugby de que el torneo no solo sería un éxito económico, sino también deportivo y social. Si el rugby español continúa creciendo durante los próximos años, la idea de un Mundial en España podría dejar de ser una simple ilusión para convertirse en una opción real.
Foto: www.rugbyworldcup.com