
Francisco Javier Morales Hervás y Aurora / Morales Ruedas Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte
El tenor, compositor y productor de ópera Manuel del Pópulo García se casó en 1797 con la cantante Manuela Morales, pero en 1802 inició una relación, primero artística y luego sentimental, con otra cantante, Joaquina Sitges. En 1803 Manuel tuvo una hija con Manuela y en 1805 un hijo con Joaquina. La compleja convivencia de este trío artístico-amoroso estalló en 1807 cuando, poco después de iniciar una gira por Francia, Manuela decidió abandonar a su marido y regresar a España. Manuel se quedó con Joaquina en París, donde en marzo de 1808 nacería su segunda hija, que recibiría el nombre de María Felicia y que heredó de sus padres el amor por España, por lo que siempre se sintió española a pesar de haber nacido fuera de nuestro país.
La profesión de sus padres permitió a María conocer los mejores escenarios teatrales y operísticos europeos. Esta familiaridad con la música contribuyó a activar su innato talento para el canto, el cual no pasaría desapercibido para su padre, que no dudó en subirla a un escenario con tan solo cinco años para interpretar un pequeño papel en la ópera Agnese. Manuel empezó a dar clases de canto a su hija, pero su obsesión por lograr que alcanzara un técnica perfecta le llevó a emplear un rigor y una severidad tan extremos, que en ocasiones podría considerarse maltrato físico y psicológico, hasta el punto de que los gritos y las lágrimas de María eran una constante en maratonianas sesiones de formación musical, lo cual marcaría su carácter, aunque, probablemente también contribuyó a que lograra expresar en sus actuaciones los sentimientos más desgarradores sin que ello afectase a su voz.
En 1815 Manuel internó a María en un colegio en Inglaterra, donde permaneció hasta 1824, obteniendo unas calificaciones extraordinarias y logrando aprender varios idiomas. Tras esta etapa de formación académica, su padre retomó las clases de canto, aplicando, de nuevo, un método tan estricto que los enfrentamientos entre María y su padre eran constantes. Su debut como cantante de ópera se produjo de forma accidental en Londres en junio de 1825 cuando tuvo que interpretar el personaje de Rosina en El barbero de Sevilla, sustituyendo en ese papel a Giuditta Pasta, afamada soprano italiana que había sufrido una indisposición. El éxito que alcanzó María tras la primera representación fue tan grande que no dejó de actuar en Inglaterra hasta que a finales de ese mismo año se trasladó junto a su familia a Nueva York, donde generó una gran expectación por su talento y su belleza, logrando con sus grandes interpretaciones ganarse el respeto y la admiración del público.

Izq.: El tenor, compositor y productor de ópera Manuel del Pópulo García, padre de María Malibán. 2ª foto: Charles de Bériot, el violinista del cual María se enamoró y decidió vivir con él, a pesar de seguir casada con Eugène Malibran. 3ª foto: Tumba de María Malibrán en Bruselas. Dcha.: El famoso compositor Rossini, que tendrá un papel muy destacado en la interminable sucesión de éxitos de María Malibrán.
A pesar del reconocimiento recibido, no era capaz de relajar la tensa relación que mantenía con su padre, por lo que decidió contraer matrimonio para escapar del control paterno. El elegido fue un francés dedicado a las finanzas y al comercio, Eugène Malibrán, que era 27 años mayor que ella. La elección no resultó acertada, ya que poco después de la boda su marido le prohibió cantar, pero al fracasar sus negocios se declaró en bancarrota y acabó en la cárcel por estafa. Para afrontar esta situación, María volvió a cantar, dando una serie de conciertos que le proporcionaron el dinero suficiente para saldar las deudas de su esposo, tras lo cual decidió abandonarlo, aunque seguiría usando el apellido de su marido.
A comienzos de 1828 inicia una nueva etapa artística en París, gracias al apoyo recibido por parte de destacados personajes como el general Lafayette y la condesa de Merlin y, sobre todo, de artistas como el famoso compositor Rossini, que tendrá un papel muy destacado en la casi interminable sucesión de exitosas noches de ópera, que logrará al ganarse el respeto y el fervor del exigente público parisino por sus inolvidables interpretaciones como Semiramide o Desdémona. María se convierte en una diva, que genera expectación y levanta pasiones. Su espíritu indómito e inconformista le hará poner pasión y fogosidad, no sólo en su vida como artista, sino también en su vida privada. Tras conocer al violinista Charles de Bériot y enamorarse perdidamente, decidirá vivir con él, a pesar de seguir casada con Eugène Malibran, que conocedor del éxito artístico de su esposa se presentará en Paris para reclamarle dinero, a lo que se negará María, que se irá a Bruselas junto con Bériot. No obstante, poco después aceptará pasarle una asignación mensual a su marido y regresará a París, pero el escándalo provocado por su vida privada hará que la conservadora sociedad parisina empiece a darle la espalda.
María no estaba dispuesta a renunciar al amor de su vida y por ello decide abandonar la capital francesa en 1832 para iniciar una gira artística por Italia, donde durante cuatro años volverá a cosechar clamorosos éxitos en Milán, Venecia, Roma, Nápoles… En 1836, tras lograr el divorcio de Eugène, se casará con Charles de Bériot, pero la felicidad no durará mucho, pues una caída sufrida mientras montaba a caballo le provocó daños cerebrales, aunque no dejó de actuar hasta que cayó desmayada durante un ensayo en Manchester el 15 de septiembre de 1836, muriendo ocho días después tras una dura agonía. Al funeral celebrado en la catedral de Manchester acudieron miles de personas para despedir a la gran diva de la ópera de principios del siglo XIX, que, a pesar de morir con tan solo 28 años, logró las más altas cotas de la fama.