Francisco Javier Morales Hervás y Aurora Morales Ruedas / Doctor en Historia y Graduada en Historia del Arte

Luisa de Padilla nació en 1590 en “tierras castellanas”. No se conoce el lugar exacto en el que se produjo su llegada al mundo, aunque hay autores que indican que pudo ser en la localidad de Negredo (Guadalajara). No obstante, se sabe con certeza que los primeros años de vida los pasó en Burgos junto con sus padres: Luisa de Padilla, condesa de Buendía, y Martín de Padilla, conde de Santa Gadea y de Buendía, destacado militar y marino que tuvo un relevante protagonismo en la batalla de Lepanto. Siendo aún una niña ingresó en el monasterio de la Concepción de San Luis, aunque parece que el propósito de sus padres con esta decisión no era que Luisa profesase como monja, sino que recibiese en este convento una adecuada formación religiosa y humanística.

En 1605, cuando contaba tan solo con quince años, abandonó el monasterio para contraer matrimonio con Antonio Jiménez de Urrea, conde de Aranda, aristocrática familia aragonesa que había perdido buena parte de su influencia desde que el padre de Antonio, Luis Jiménez de Urrea, se había visto implicado en la conspiración de Antonio Pérez contra Felipe II, por lo que esta boda, en cierto modo, podría ayudar a restituir el prestigio del condado de Aranda. Después de su enlace matrimonial Luisa se instaló junto a su marido en la localidad zaragozana de Épila, donde, a pesar de tratarse de un matrimonio concertado, convivieron en buena armonía y complicidad, llegando a tener siete hijos, cuatro varones y tres mujeres, pero todos ellos murieron cuando contaban con pocos años de edad. Esta dura circunstancia marcó la vida de Luisa y su esposo, pero, en cierto modo, lograron superarla al cultivar una afinidad que compartían: su pasión por la historia y la literatura. De este modo desarrollaron conjuntamente una intensa actividad cultural que se plasmó en la celebración de círculos literarios, la promoción de certámenes poéticos y la protección de bienes patrimoniales y arqueológicos.

En la relación epistolar que Luisa mantuvo con destacados personajes de su época se puede apreciar su profunda cultura y sus amplios y variados gustos literarios, en los que aparecen representados géneros muy diversos como las novelas de caballerías, escritos religiosos, ensayos filosóficos, tratados sobre historia y antigüedades… También es muy amplia la lista de autores a los que cita en estas misivas, pudiendo encontrar a personajes como Séneca, San Agustín o Dante, si bien mostrará una especial predilección por Santa Teresa a la que admirará tanto por su faceta como escritora como por sus virtudes religiosas.

Las inquietudes culturales de Luisa constituyeron una sólida base sobre la que cimentó su vocación como escritora, la cual le permitió afrontar una de sus principales preocupaciones: la necesaria regeneración de la nobleza, que, en su opinión, se encontraba en plena decadencia social, moral y política, situación que era preciso intentar revertir para mejorar su aportación en las tareas de gobierno de un reino que también mostraba claras señales de decadencia. Para este empeño no dudó en emplear su intelecto y su solvente formación, dando lugar a la redacción y publicación entre 1637 y 1644 de seis obras en las que realiza un riguroso análisis de los vicios y debilidades de la nobleza y establece una serie de normas y consejos para superarlos, presentando todo ello con una prosa ágil, empleando una gran variedad de recursos, sabiendo alternar un estilo más culto con uno más coloquial, según las circunstancias.

En la primera de sus obras, “Nobleza virtuosa”, ya establece las claves que han de seguir las familias nobles para superar la debilidad y alejarse de la ociosidad que estaba provocando la decadencia de la aristocracia. En este sentido, remarca la importancia de la razón y de la cultura para alcanzar un buen hacer. En cierto modo, este tratado supone una pionera defensa de la educación como herramienta fundamental para superar las dificultades y remarca la importancia de que las mujeres, en este caso nobles, también tengan acceso a una adecuada formación, especialmente en gramática y filosofía. En su segunda obra, “Noble perfecto”, presenta las normas adecuadas para proceder en la formación de los niños de la nobleza, mezclando lección teórica con ejercicio práctico y estableciendo los procedimientos más apropiados para favorecer la memorización de principios básicos. En su tercera obra, “Lágrimas de la nobleza”, incide en los principales vicios de la aristocracia. En su cuarta obra, “Elogios de la verdad e invectiva contra la mentira”, utiliza la alegoría para defender la moralidad y criticar los vicios a través de múltiples ejemplos en los que da una extraordinaria muestra de su enorme erudición. Su quinta obra, “Excelencias de la castidad”, es un alegato contra ciertas prácticas sexuales que considera pervertidas e inapropiadas. Su última obra, “Idea de nobles y sus desengaños”, supone una exaltación del Marqués de Santillana, al que considera un prototipo de noble ideal.

El 2 de julio de 1646 fallecía Luisa de Padilla, probablemente la prosista más destacada del siglo XVII en lengua castellana, quien, además, en su testamento dejó nuevas muestras de su compromiso con la caridad y con la cultura al dejar importantes donaciones para socorrer a necesitados y para promover la actividad cultural a través del apoyo económico a una imprenta y a un corral de comedias.