Cristóbal Agüera / Responsable de Prensa de Fenix Basket Club

En el deporte solemos recordar los grandes momentos: una canasta decisiva, una victoria ajustada, un torneo especial o ese partido en el que todo parece salir bien. Son recuerdos bonitos, de esos que se quedan grabados en jugadores, familias y entrenadores. Pero en el baloncesto de formación hay otros momentos igual de importantes, aunque a veces pasen más desapercibidos: los pequeños avances.

Un niño que al principio de la temporada apenas se atrevía a botar con la mano izquierda y ahora lo intenta sin pensarlo. Una jugadora que antes miraba al suelo cuando recibía el balón y ahora levanta la cabeza para buscar a una compañera. Un equipo que en septiembre se colocaba mal en defensa y que, meses después, empieza a ayudarse, a hablarse y a entender mejor el juego. No siempre hay aplausos enormes para esos pasos, pero son la base de todo lo que viene después.

Mayo es un mes perfecto para mirar atrás y descubrir cuánto se ha crecido. Porque cuando estamos metidos en la rutina de entrenamientos, partidos, deberes, madrugones y desplazamientos, no siempre nos damos cuenta. Vamos semana a semana, pensando en el siguiente rival, en el próximo entrenamiento o en corregir lo que no salió bien. Sin embargo, si nos detenemos un momento, aparecen señales muy claras de progreso.

A veces el avance no está en meter más puntos, sino en atreverse a participar más. No está en ganar un partido, sino en competirlo mejor que en la primera vuelta. No está en ser el protagonista, sino en entender que ayudar al equipo también puede ser defender bien, animar desde el banquillo, hacer un buen pase o escuchar una corrección con actitud.

En el deporte de base, mejorar no siempre es espectacular. Muchas veces es silencioso. Se nota en la forma de entrar al entrenamiento, en cómo se saluda al entrenador, en cómo se acepta una sustitución, en cómo se anima a un compañero que ha fallado o en cómo un jugador empieza a cuidar sus cosas sin que nadie se lo recuerde. Son detalles pequeños, sí, pero educan mucho.

Por eso es tan importante que las familias también aprendamos a mirar esos avances. Después de un partido, quizá no hace falta preguntar sólo si han ganado o cuántos puntos han metido. Podemos preguntar si se han sentido mejor que la semana pasada, si han probado algo nuevo, si han ayudado a un compañero o si han disfrutado jugando. A veces, una buena pregunta cambia la forma en la que un niño entiende su propio esfuerzo.

Los entrenadores lo saben bien. Cada jugador tiene su ritmo, su carácter, sus miedos y sus fortalezas. En un mismo equipo hay niños que avanzan rápido y otros que necesitan más tiempo, pero todos tienen algo que celebrar cuando se comprometen con el trabajo diario. La paciencia también forma parte de la formación.

En Fenix Basket Club, donde el baloncesto se vive desde la cercanía y el acompañamiento, esos pequeños avances tienen un valor enorme. Porque formar jugadores no sólo consiste en preparar partidos, sino en ayudar a que cada niño y cada niña descubran que pueden mejorar, aportar y sentirse parte de un equipo.

Quizá al final de una temporada no todos recuerden el resultado de cada partido. Pero sí recordarán la primera vez que se atrevieron a tirar, el día que defendieron mejor que nunca, el compañero que les animó o el entrenador que les dijo: “¿Ves? Ya te está saliendo”.

Y eso también merece celebrarse.