En la Autovía A-4 dirección Manzanares-Valdepeñas, hay un lugar que guarda el sabor del tiempo y de las buenas costumbres. La historia del Hostal Restaurante Manolo es, en realidad, la historia de una familia entera volcada en la hostelería, de una vida entera dedicada al servicio, al esfuerzo y al amor por lo que se hace.


Todo comenzó en la década de los 70, cuando Manuel Sánchez Morago, originario de Membrilla, empezó a trabajar como camarero en el restaurante de un familiar llamado “La Flor de la Mancha”, justo enfrente del que más adelante sería su propio negocio. Fue ahí donde conoció el ambiente de la hostelería en profundidad, lo que le llevó a tomar la decisión de abrir su propio bar.


En el año 1977, Manuel, junto a su esposa, Josefa Crespo Sánchez, conocidos cariñosamente por todos como Manolo y Pepa, alquilaron un pequeño local situado en la A-4 dirección Valdepeñas, justo un poco antes de llegar a Consolación, y en donde actualmente hay una gasolinera. Se llamaba “El Hogar del Camionero”, y como su nombre indica, se convirtió pronto en un punto de parada habitual para transportistas y viajeros de la zona.

Izq.: Manuel Sánchez y Josefa Crespo (Manolo y Pepa) en sus comienzos. Centro: Anuncio publicitario de los años 70. Dcha.: Manolo y Pepa en su restaurante rumbo a una boda en los años 70.

Tras cinco años de intenso trabajo, con Pepa en la cocina y Manolo en la barra trabajando codo con codo, empezaron a forjar el sueño de tener un negocio propio más grande y consolidado.


Ese sueño se materializó en 1982, cuando compraron el terreno justo al lado del primer local y se construyó lo que hoy es el Hostal Restaurante Manolo. En sus inicios, era solamente un bar y restaurante, sin habitaciones. El nombre del establecimiento fue un homenaje directo a su fundador: Restaurante Manolo. Ese mismo año comenzó una nueva etapa para la familia, en un local más grande, moderno para la época, y con el propósito claro de crecer.

Izq.: Los actuales propietarios, José Manuel y Mari Carmen, hijos de Manolo y Pepa, que siguen con la tradición familiar de sus padres. Centro: Manolo en el bar antiguo junto a una máquina de pinball de la época. Años 70. Dcha.: Manolo y Pepa en la cocina del restaurante actual a finales de la década de los 80.

Durante los primeros años, Manolo y Pepa lo gestionaban todo personalmente. Se trataba de una cocina tradicional, casera, de las de toda la vida. Una de las especialidades de la casa, además de unas exquisitas chuletas de cordero, era el conejo al ajillo que preparaba Pepa, uno de los platos más demandados de la época. Ella misma se encargaba de pelar los conejos y prepararlos para servir unos abundantes platos acompañados de una botella de vino de la zona. Era una época más sencilla, con menos normativas, menos cartas y menús, y con un trato personal muy cercano.


En 1992, con la celebración de la Exposición Universal de Sevilla, el restaurante vivió uno de sus mejores años. El turismo y el movimiento económico de ese periodo se notó también en la zona, y fue justo después, en 1993, cuando decidieron dar un paso más y ampliar el negocio. Fue entonces cuando se construyó el hostal, con 19 habitaciones, además de reformar el salón, ampliar la barra y cambiar los baños. El hostal se mantiene hoy prácticamente tal cual se diseñó entonces, con pequeñas reformas y mantenimientos, pero sin grandes ampliaciones.


El negocio siguió creciendo con el paso de los años, y los hijos del matrimonio, Mari Carmen y José Manuel, fueron involucrándose desde muy pequeños. De hecho, Mari Carmen recuerda que con apenas 12 o 13 años ya ayudaba a su madre en tareas del día a día. Al vivir en el mismo edificio del restaurante, su vida ha estado siempre ligada a la actividad del negocio. Con 16 años, y tras dejar los estudios, se incorporó de forma oficial y permanente, aunque luego se sacó sus títulos académicos. Su hermano, José Manuel, también estudió un módulo de electrónica, pero regresó al negocio familiar, salvo el tiempo que pasó haciendo el servicio militar obligatorio.

Izq.: Una perspectiva del bar donde se ve a Manolo, su hijo, un cliente y varios camareros a principios de los 90. Dcha.: Manolo junto a su hijo José Manuel en la barra del restaurante en 1983.

En 2002, la familia vivió un duro golpe: el fallecimiento de Manolo, víctima de un cáncer. A partir de entonces, fueron Mari Carmen y José Manuel quienes asumieron la gestión completa del restaurante y el hostal, con el apoyo incondicional de su madre Pepa, que continuó trabajando como una más hasta el final de sus días. A pesar de no tener estudios formales, Pepa siempre fue el alma del negocio, con una entrega y sabiduría práctica que marcó la diferencia.


Tras el fallecimiento de Manolo, sus hijos pasaron de ser simples trabajadores a llevar el timón del negocio. Fue un cambio abrupto, una transición forzada por las circunstancias, pero que afrontaron con entereza. Ocho años más tarde, en torno a 2010, falleció también Pepa, igualmente a causa del cáncer, dejando un legado de lucha, trabajo y pasión que sus hijos siguen honrando cada día.


Hoy, el Hostal Restaurante Manolo sigue siendo un punto de referencia en la zona, especialmente para trabajadores, viajeros y vecinos que buscan buena comida y alojamiento. Han sabido adaptarse a los tiempos, ofreciendo un completo menú del día, además de un menú especial los fines de semana. La carta como tal ha perdido protagonismo en el comedor, aunque en la barra siguen ofreciendo raciones, bocadillos, sándwiches, platos combinados, tapas, etc. Y aunque el estilo ha evolucionado, el espíritu sigue siendo el mismo: cocina casera, trato familiar, y una dedicación absoluta al cliente.


Así, el Hostal Restaurante Manolo no es solo un negocio, es un símbolo de continuidad, de historia viva, de una familia que ha hecho de su trabajo una forma de vida.


Texto: Juan Diego García-Abadillo. Fotos: Hostal Restaurante Manolo