Javier Sánchez Jiménez ‘Grisom’

El cierre de las ligas nacionales de División de Honor masculina y femenina deja una sensación que va mucho más allá de la simple estadística. Termina la competición, sí, pero no se apaga la conversación: queda la huella de una temporada intensa, de jornadas que han exigido carácter, fondo de armario, temple competitivo y una capacidad enorme para sostener la presión cuando cada punto parecía decidir algo más que una clasificación. En ese escenario, el final de curso no es solo una línea de meta; es también un examen moral para clubes, vestuarios y directivas. Y en ese examen, algunas decisiones resultan tan difíciles de justificar que se convierten en una amarga nota al pie de página.

En la División de Honor masculina, el desenlace ha confirmado una idea que ya se intuía desde hacía semanas: ganar no depende sólo del talento, sino de la constancia para competir cada fin de semana con la misma seriedad. Los equipos que han llegado vivos al tramo final han sido los que mejor han entendido que una liga larga se construye en los detalles, en la gestión del esfuerzo, en la fortaleza mental y en la capacidad de no romperse cuando el calendario aprieta. Ha sido una competición de desgaste, de choques cerrados y de momentos donde el oficio valía tanto como la inspiración. En la categoría femenina, el guion ha tenido la misma tensión y, en muchos casos, aún más mérito: porque sostener el nivel durante toda una temporada, con plantillas que no siempre cuentan con la misma profundidad, exige una mezcla de ambición y sacrificio que merece ser reconocida con mayúsculas.

Pero si algo deja este final de ligas es la sensación de que el rugby, cuando se mira desde fuera de los focos, sigue siendo un deporte construido sobre personas que dejan mucho más de lo que reciben. Por eso resulta tan incomprensible la salida del primer entrenador de Aparejadores de Burgos después de todo lo que ha conseguido. No hablamos de una salida cualquiera, ni de un relevo técnico más en el mercado. Hablamos de una decisión que roza lo injusto, lo torpe y lo ingrato. Porque cuando un entrenador consigue elevar el nivel competitivo de un club, consolidar una identidad reconocible y empujar a una plantilla hacia objetivos que antes parecían lejanos, lo mínimo que cabe esperar es respeto, continuidad o, al menos, una explicación a la altura de su trabajo.
La crítica aquí no es sentimental; es deportiva y, sobre todo, institucional. Un club que se beneficia del crecimiento que ha impulsado su técnico no puede permitirse tratar esa figura como si fuera intercambiable por simple conveniencia. Los proyectos no se construyen con discursos vacíos sobre estabilidad y exigencia para después sacrificar, a la primera de cambio, a quien mejor ha sostenido la estructura. Si Aparejadores de Burgos ha alcanzado un nivel de relevancia y competitividad, no ha sido por casualidad. Ha sido por una idea, por un método y por una cabeza visible que ha sabido ordenar esfuerzos, exigir compromiso y llevar a su equipo a rendir por encima de muchas expectativas.

Lo peor de estas decisiones es el mensaje que envían al vestuario y al entorno. Se transmite que el mérito dura poco, que el éxito se administra con frialdad y que el trabajo bien hecho no garantiza ni siquiera una mínima protección frente al oportunismo o la impaciencia. Ese es un error de fondo. En el deporte de alto nivel, la exigencia no está reñida con la gratitud; de hecho, debería ir unida a ella. Porque un entrenador no solo diseña partidos: también construye cultura, corrige hábitos, sostiene egos, protege al grupo y da sentido al proyecto cuando las cosas se tuercen. Cuando se le aparta tras haber cumplido, o incluso superado, lo esperado, lo que se cuestiona no es solo una persona; se cuestiona la seriedad del club.

Por eso este final de temporada deja una doble lectura. Por un lado, la belleza competitiva de unas ligas que han mantenido vivo el interés hasta el último tramo, con equipos masculinos y femeninos ofreciendo una batalla digna de reconocimiento. Por otro, la amarga evidencia de que en ocasiones la gestión institucional no está a la altura del esfuerzo de quienes sostienen el espectáculo. La salida del primer entrenador de Aparejadores de Burgos no debería entenderse como una simple noticia de mercado, sino como un síntoma preocupante de cómo se administra el mérito cuando llega el momento de recoger frutos.

El deporte se juzga por los resultados, pero también por la memoria. Y si un club olvida demasiado rápido a quien lo ha empujado hacia adelante, el problema no está en el entrenador que se va, sino en la incapacidad de la institución para estar a la altura de su propia historia.