Myriam Millanes

Tendemos a idealizar las relaciones en sus inicios y las construimos adornando ese rincón que empezamos a compartir, a nuestro capricho. En la ilusión, traemos un exceso de emociones que abarrotan de golpe nuestra mente.

Después de un tiempo, algo en esa decoración no encaja, porque la otra persona también añadió sus pertenencias.  Entonces es cuando movemos todo un poquito de sitio, recolocando su posición, convenciéndonos a nosotros mismos de que en el nuevo lugar estarán mejor.

Hasta que somos conscientes de que el estilo no acaba de complementar con el que habíamos tratado de recrear.

Hay detalles que fallan y otros no deberían de estar.

Entonces pueden ocurrir dos cosas, o bien nos adaptamos a que no es tan importante que algo falte en ese espacio porque sigue siendo acogedor, o por el contrario, no hay manera de sentirse cómodo en donde nos falla tanto.

En este último caso, pasaremos cada vez más tiempo ausentes de esa sala, sacando de allí nuestros deseos según nos alejamos, hasta perder la necesidad de aparecer.

Myriam Millanes

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